El consejo intrépido de Manuel

Mi ama, de pequeños, nos cantaba muchas canciones, y una se ha quedado conmigo. Dos versos se repetían, y luego íbamos cambiando el estribillo.
Ay mi pescadito, deja de llorar,
Ay mi pescadito, no llores ya más,

Lo cierto es que sólo recuerdo un estribillo (… que las niñas guapas, al mar no vendrán). Ya sé que la letra no es así, pero como encaja bastante bien la sigo tarareando, a mi estilo, todavía me hace sonreir algunos días que tengo coscorrones recientes.

Siendo ya adolescente, me encontré la canción un día en una película que daban en la tele: “Capitanes Intrépidos” (Fleming, 1937). Cuenta la historia de Harvey, un niño rico y consentido que, por accidente, cae al mar desde un transatlántico de lujo en el que viaja. El azar le rescata en las redes de un barco pesquero, en el que le bautizan Pescadito (”Little Fish”), y le enrolan como grumete en su viaje hacia los caladeros (desviarse no cabía en su programa). Gracias a la paciencia de Manuel, un pescador portugués, y a que la vida en alta mar te centra rápido en las cuestiones básicas de la vida, Harvey aprende a ser persona…

Nos vendrá bien recordar la sonrisa socarrona y la paciencia de Manuel, y que nos canten de vez en cuando la canción que el pescador le cantaba a Harvey. Llorar, lamentarse o tener miedo, no nos servirá de nada entre estas olas que se han levantado. Los que tengáis alguna edad, igual ya la habréis visto, antes no había tantas cadenas para hacer zapping ; ). Los jóvenes no creo que seais capaces de soportar una película el blanco y negro que ya ha cumplido 80 años…. A lo mejor tenéis paciencia suficiente para aguantar los cinco minutos en los que Manuel, después de cantar la canción del pescadito, le explica a Harvey lecciones básicas sobre cantar y también lo que su padre le dejó en la vida (importantes lecciones si quieres ser una persona).

Algo no muy diferente de lo que aprendimos cuando éramos pequeños ¿verdad?

Supongo que por los recuerdos que me trae la canción, la película me acompaña muchos días. Me acordé de ella la semana pasada al leer el valioso comentario que nos dejaba Paul en mi último post… En Europa nos hemos caído del transatlántico de lujo en el que viajábamos, y nos quedan dos opciones: llorar recordando el espejismo de la sociedad del bienestar en el que vivíamos instalados, o abrir los ojos y estar dispuestos a aprender a coger el timón con las dos manos para mantener el rumbo en esta marejada de Siglo XXI que nos toca navegar.

Puestos a elegir, prefiero la segunda opción. Y puestos a navegar, el único puerto que de verdad nos salva, es el de destino (las escalas únicamente nos dejan descansar un momento). Igual llegamos, o igual nos toca quedarnos por el camino, como Manuel… Pero lo que realmente definirá nuestro viaje, serán las canciones que regalemos a los que viajan con nosotros, nuestras sonrisas y nuestra mirada tranquila a un mar, que puede darte alas si sabes entenderlo, y también arrastrarte a la deriva si te pilla distraído.

urdaibaiEl domingo pasado en La Concha a mi querido Kaiku le recordaron los de Urdaibai alguna lección al respecto… En mi querido Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación nos vendría bien también secarnos las lágrimas, recordar también algunas de estas lecciones y refrescar la sangre de capitanas y capitanes intrépidos que llevamos en las venas.

Vamos, las manos a los remos, que tenemos que volar sobre las olas!

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Bonus Track 1. Pescadito y Abejita

La película, a su vez, se inspiraba en una novela del mismo título de Rudyard Kipling, escrito en 1897. El premio Nobel nos ha dejado deliciosas historias y poemas inolvidables sobre los valores que llevaron al Reino Unido a convertirse en un imperio, la historia de Little Fish en “Captains Corageous” es un buen ejemplo.

Los tiempos cambian (por fortuna), y en esta época no necesitemos más imperios, ya hemos tenido suficientes en la historia y ya sabemos para lo que valen. Por eso igual te vendría mejor leer la historia de “Little Bee”, que nos ha dejado Chris Cleave (un buen consejo dejó este libro en mi mochila veraniega, en castellano lo han traducido “Con el corazón en la mano“).

Aquí los papeles se invierten, y es una adolescente, refugiada nigeriana, la que nos enseña a personas mayores lecciones no muy distintas a las que Manuel le da a Harvey. Nos pueden quitar muchas cosas, podemos perderlo todo, pero la dignidad de ser personas, ésa está en nuestras manos conservarla, hasta el final.

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